La llamada a la puerta.
–¿Míster Farley?
La voz estaba amortiguada por la puerta cerrada.
Matthew titubeó un largo, un muy largo minuto.
–¿Míster Farley?… ¿Está usted ahí?
Guardó silencio.
Tal vez el hombre se fuera.
–Míster Farley, es la Policía.
Sabemos que está usted aquí y queremos ayudarle.
Una pausa, un titubeo.
Y luego:
–¿Míster Farley?… ¿Está usted ahí?
¿La Policía?… ¿Sería posible?… ¿Por qué no?
Si el asesino sabía que él había visto su cara, y el asesino le había descubierto, entonces, ¿por qué no podía haber ocurrido lo mismo con la Policía.
Se mordió una uña, lleno de indecisión.
La llamada a la puerta.
–¿Qui…ién? –intentó preguntar, demasiado bajo,
–¡Míster Farley!
La voz tenía un matiz medio triunfante.
Un ligero placer apenas disimulado.
El hombre que estaba al otro lado de la puerta debía de haber buscado mucho, no cabía duda.
–Míster Farley, déjeme que le hable durante unos minutos, por favor.
Durante seis días he estado tratando de localizarle, y en la Comisaría están muy preocupados.
Por favor se lo pido.
Míster Farley se dirigió a la puerta.
Se guardó de tocarla, como si estuviera al rojo vivo.
Se apretó contra la pared, de lado, con la cara contra el espejo que estaba junto a la puerta y la respiración entrecortada.
¿Por qué había contestado?
Este hombre podía ser el asesino.
Aunque no.
Aquella voz inspiraba confianza, seguridad.
Por alguna razón, confiaba en el hombre que estaba al otro lado de la puerta.
No era el asesino.
Lo sabía.
Sintió el frío del espejo en su cara y se apartó de él.
Se contempló por un instante.
Había engordado.
No era un hombre guapo; jamás lo había sido.
Era, meramente, un hombre, sin talento y sin una finalidad determinada en la vida.
Había sobrevivido en este mundo de pasión y de lucha gracias a su facilidad de palabra.
Tenía la lengua muy expedita, una lengua de oro, y ese don contrarrestaba sus otros defectos, poco seductores.