La discapacidad auditiva puede conducir a la depresión, la soledad y el aislamiento social. Estos efectos parecen ser mayores entre los sujetos más jóvenes, como consecuencia del estigma asociado con este problema de salud. Las dificultades del habla y el lenguaje como consecuencias de la pérdida auditiva pueden ser estigmatizantes y también aumentar el riesgo de sufrir una disfunción psicológica y del bienestar del individuo. Esta realidad que sufre cada persona a nivel individual restringe la capacidad de comunicación, afectando a las relaciones interpersonales, el desarrollo educativo, la interacción social y por consiguiente obstaculizando las oportunidades de empleo y de carrera profesional. La pérdida de audición repercute muy negativamente a nivel del propio individuo y en su relación con el entorno familiar y social de la persona. La pérdida auditiva leves pueden afectar negativamente el desarrollo del habla, el lenguaje y el rendimiento escolar en la infancia. Esta disminución en el rendimiento escolar en las primeras etapas de la vida en las personas con pérdida auditiva se traduce en un mayor riesgo de no completar la educación secundaria o superior y, en la edad adulta, estar desempleado o subempleado más frecuentemente.