La educación inclusiva (EI) es un proceso de reestructuración de políticas, culturales y prácticas educativas que busca organizar el aprendizaje y la participación de todas y todos los estudiantes.
Este enfoque requiere la participación de toda la comunidad educativa para beneficiar e integrar tanto a docentes como a estudiantes.
La EI tiene como objetivo principal superar las barreras de acceso y participación, de modo que se considere a la diversidad como una riqueza para el proceso de enseñanza-aprendizaje.
Su implementación requiere un enfoque contextualizado, que tome en cuenta los recursos de las instituciones educativas, su historia, su contexto y su capacidad de cambio.
Las prácticas inclusivas (PI) son todas aquellas acciones de la comunidad de profesores destinadas a promover el desarrollo integral de sus estudiantes y ofrecer una educación de calidad.
Estas prácticas son contextuales, es decir, se adaptan a las necesidades específicas del grupo con el que se trabaja.
De acuerdo con la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura debe considerarse que lo que puede funcionar para un grupo, puede no ser efectivo para otro; por lo tanto, se vuelve necesario adaptar las estrategias a las particularidades de cada contexto y de cada integrante.
La educación intercultural desarrolla la capacidad de entender y apreciar las diferencias culturales, lo cual promueve una educación que valora a cada individuo más allá de sus diferencias.
Es importante desarrollar modelos educativos que se adapten a las necesidades individuales de cada estudiante, y asegurar que todos tengan las mismas oportunidades de aprendizaje y desarrollo.
Una educación inclusiva debe reconocer y valorar la riqueza cultural y contribuciones de las comunidades originarias, con el fin de facilitar una mayor comprensión y respeto por la diversidad cultural.