La tecnología puede operar como una herramienta para diluir las desigualdades y superar brechas sociales, aunque también corre el riesgo de amplificar y profundizarlas.
La clave que permitirá direccionarla hacia la inclusión social está en que exista esta intención, tanto en su diseño como aplicación.
Si la escuela es el punto de partida para los ciudadanos del futuro, es necesario que pueda brindar las herramientas necesarias para garantizar una igualdad de oportunidades de cara a las exigencias del mañana.
Es imposible que pidamos una educación social si desde la escuela no se promociona la inclusión.
La escuela es el espacio y lugar donde entrenamos la convivencia, donde aprendemos a encontrar nuestro lugar en el mundo, a respetarnos a nosotros y a los demás.
Si la utilizamos para dar oportunidad a que cada persona pueda encontrar a través de ella la forma de participar en cualquier actividad escolar o social y avanzar en su desarrollo personal, la tecnología puede transformarse en un factor de inclusión escolar y, con ello, también de inclusión social.
La tecnología, en sí misma, no es ni incluyente ni excluyente, es inocua.
Pero, según el sentido que le demos a su uso, nos puede ofrecer elementos incluyentes.
La tecnología puede contribuir a potenciar los sesgos y estereotipos y, con ello, potenciar el llamado “efecto grupo”.
Las escuelas no luchan solas contra los estereotipos pero pueden hacer mucho en este sentido.