La decisión de cuándo se debe sacar al bebé de la habitación de los padres y madres para ir a la suya propia corresponde solo a la familia.
Si está en otro espacio existe la ventaja de que puede adquirir su ritmo y su autonomía sin interferencias, pero el inconveniente de que los padres deberán desplazarse a ese otra cuarto si les necesita.
De ahí que los pediatras recalcan la idea de lo importante que resulta que cada entorno tome la decisión que más se adapte a sus costumbres e ideas.
Habitualmente, el cambio no se realiza antes de los siete u ocho meses, momento en el que suele aparecer la ansiedad por separación, una etapa transitoria en la que el bebé se siente 'abandonado' cuando deja de ver a sus padres y es, además, mucho más consciente de su entorno.
Esto dificulta hacer el cambio.
Cuando se intenta hacer algo de lo que uno mismo no está muy convencido, el bebé percibe el malestar y la duda, pues de forma inconsciente se emiten 'dobles mensajes'.
Por ejemplo, ir muchas veces a su habitación aunque no lo pida, no es una buena práctica.
Los mensajes de doble sentido generan ansiedad y dificultades educativas.
El primero es elegir un juguete (o una mantita) que sea su compañero de cuna.
Este objeto servirá de transición desde la dependencia de los padres hacia su autonomía.
También aconsejan dejar abierta la puerta del cuarto.
Evitar luces ya que interfieren en la secreción de melatonina y si resulta necesario que sean en tonos rojos-anaranjados.
Para los pediatras resulta muy importante tener un horario regular para levantar y acostar al pequeño y por supuesto mantener una temperatura confortable, además de evitar el exceso de ruido ambiental.
Entre las pautas a seguir también se incluye que el bebé no se acueste con hambre.
Si llora por la noche, hay que atenderlo de forma tranquila, pero con pocas palabras.
Hay que dejar claro un sencillo mensaje de que es la hora de dormir y por lo tanto no conviene encender luces, ni jugar.
Se le puede dar agua o su chupete, el padre o la madre pueden sentarse a su lado, pero posiblemente es mejor que no lo cojan en brazos (salvo que esté enfermo).
En ocasiones se ha difundido la idea de que hay que «educar» el sueño infantil a base de técnicas conductistas que no tienen en cuenta el desarrollo normal de los patrones de sueño, ni las necesidades afectivas de padres y bebés.
Para muchos padres no solo es difícil de llevar a cabo ese tipo de entrenamiento sino desagradable y por lo tanto no se deben proponer de forma rutinaria a todos, sino solo en casos muy concretos.