Las rampas son un recurso arquitectónico que permite que las personas que utilizan silla de ruedas y aquellas con movilidad reducida, permanente o temporal, accedan a distintas edificaciones y espacios públicos o privados. Este tipo de estructuras deben ser construidas a partir de dimensiones especificadas en las normativas de cada país y ayudan a tener espacios mucho más incluyentes. Sin embargo, no siempre son accesibles, pues una rampa mal diseñada representa un constante peligro. Laura Bermejo, presidenta de Libre Acceso, organización que tiene más de 34 años trabajando por la accesibilidad, nos explica que una mala rampa no necesariamente radica que sea mala en el diseño, sino también es la que no se puede utilizar por factores en el entorno que entorpecen, como puestos o autos que la bloquean. De acuerdo con el libro Accesibilidad Personas con discapacidad y diseño arquitectónico de José Luis Gutiérrez Brezmes existen seis conceptos básicos que debe tener una rampa funcional. Una rampa con pendiente excesiva demanda un esfuerzo muy grande, ocasionando que se pierda el control de la silla de ruedas, una volcadura o que las personas sin fuerza abdominal caigan de bruces al piso. Si hablamos de accesibilidad, la rampa siempre debe tener un margen entre 6 y 8 por ciento de pendiente, inclinación. Si excede el 8 por ciento ya no es útil, señala Laura Bermejo. El ancho mínimo requerido en rampas, generalmente está calculado para situaciones de poco tránsito y es por ello que a veces resulta insuficiente cuando las rampas son la única opción para todos los usuarios, con o sin discapacidad.