La cuestión es que debemos detectar y aceptar este problema lo antes posible, ya que de ello dependerá que se busquen las soluciones pertinentes y el niño pueda comenzar desarrollar una vida en la que este problema afecte lo menos posible a su día a día.
Por ello, justo al nacer, en el hospital deberán realizarle una prueba de audición.
Sobre esta comprobación hablamos hace unos días, es la llamada “prueba de Otoemisiones acústicas”.
Gracias a ella, el profesional podrá comprobar si partes específicas del oído responden como deben al sonido, mediante un auricular de espuma que se introduce en la cavidad auditiva del bebé.
A través de este auricular se emiten sonidos cuyo propósito es la búsqueda de un “eco” de las células ciliadas externas cuya ausencia denotaría que el bebé presenta una capacidad auditiva menor a la correspondiente.
Existe otra prueba auditiva, cuyo objetivo es medir la respuesta que proporciona al sonido tanto el nervio auditivo como el tronco encefálico, ya que son los encargados de trasladarlo desde el oído hasta el cerebro.
Todo ello se realiza al igual que en el caso anterior, con unos auriculares, pero con el añadido de una malla de electrodos en la cabeza del bebé, que por supuesto no provoca ningún tipo de molestia ni dolor en el bebé.
Este procedimiento es denominado como Potenciales Evocados Auditivos.
Como podemos observar, existen medios para comprobar la capacidad auditiva de tu bebé, con lo que si padeciera hipoacusia, es decir, sordera, se podría detectar desde el primer mes de vida.
Una vez realizadas las pruebas, en caso de que los resultados sean positivos, es decir, que el bebé presente hipoacusia, muchos padres se encuentran ante una disyuntiva nueva, sobre la que desconocen qué procedimiento deben seguir, o de qué alternativas disponen sobre las que poder decidir.
Tras haber realizado la prueba, el otorrino determinará el grado de hipoacusia que presenta el bebé: leve, moderada, severa o profunda.