La edad promedio de fallecimiento de los individuos con autismo fue 36 años menor que la de la población general –36 frente a 72 años–.
Concretamente, el estudio muestra que hasta un 28% de los decesos en las personas con autismo se atribuyeron a lesiones, sobre todo por asfixia, seguida de sofocación y ahogamiento.
De hecho, estas tres causas representan en conjunto cerca del 80% de la mortalidad por lesiones en niños con autismo.
Más del 40% ocurrió en hogares o instituciones residenciales.
Para llevar a cabo el estudio, los autores realizaron una revisión de 32 millones de muertes certificadas por el Sistema Nacional de Estadística Vital de Estados Unidos y se centraron en 1.367 individuos –1.043 varones y 324 mujeres– que, diagnosticadas de TEA, habían fallecido entre los años 1999 y 2014.
Como indica Joseph Guan, co-autor de la investigación, nuestro estudio se limitó a los datos del certificado de defunción.
Aunque los números son sorprendentes, el autismo como una causa contribuyente de muerte está probablemente mal contabilizado debido a que la exactitud de la información sobre los certificados de defunción presentados por los forenses es muy variable.
Entre otros resultados, el estudio revela que los niños con autismo son 160 veces más propensos a morir de ahogamiento que la población pediátrica en general.
Dado el excepcionalmente mayor riesgo de ahogamiento de los niños con autismo, debería ser una intervención de máxima prioridad que reciban clases de natación.
Una vez que un niño es diagnosticado con autismo, por lo general entre los dos y tres años de edad, los pediatras y los padres deben ayudarles matriculándole inmediatamente a en clases de natación, antes de cualquier terapia conductual, terapia del habla o terapia ocupacional.
La capacidad de nadar en los niños con autismo es una habilidad imperiosa de supervivencia.