La vida se adapta, así, a los cambios tanto en los factores abióticos como en los bióticos de su entorno, mediante cambios físicos o conductuales que se transmiten a las generaciones posteriores, garantizando así la continuidad de la especie.
La adaptación juega un rol esencial en la evolución de las especies, ya que la selección natural garantiza la descendencia a quienes se adapten mejor al entorno y a sus eventuales variaciones, extinguiendo en cambio a los que no logren hacerlo.
Se trata de un proceso muy lento, que puede tomar numerosas generaciones y es irreversible.
No debe confundirse la adaptación con la aclimatización o aclimatación, término que denomina más bien los cambios compensatorios a corto plazo con que las especies responden a los cambios a su alrededor, y que son resultado de cierto margen de plasticidad fenotípica.
Así, por adaptación biológica podemos referirnos tanto al proceso de cambio y adecuación paulatino de las especies, como a los cambios en el cuerpo o la conducta de las mismas que incrementan los márgenes de supervivencia, sacando mayor provecho a una característica ya presente.
Existe debate en la actualidad científica respecto a un cuarto método, que implicaría adaptación molecular.
No existe un criterio claro para determinar la influencia de la selección natural sobre el desenvolvimiento molecular de formas de vida tan simples como los virus, por ejemplo.
La glándula de sal de las iguanas marinas se desarrolló para poder acumular la sal y expulsarla, pues sus cuerpos no estaban adaptados inicialmente para la cantidad de sal que absorbían del agua marina.
El cortejo de las aves del paraíso es un mecanismo de cortejo que permite que las hembras de la misma especie reconozcan a los machos disponibles para aparearse.
Este cortejo permite así evitar la hibridación con especies de aves similares y maximiza la supervivencia de la especie.