Qué es una casa pasiva.
Según los criterios del Instituto Passivhaus, una casa pasiva se define como aquél que es capaz de calentarse y refrigerarse con una muy baja demanda energética.
De forma que ésta energía necesaria para calentar o refrigerar, consideradas independientemente, puedan ser aportadas únicamente a través de un sistema de ventilación controlado de confort, con un caudal mínimo que garantice a su vez una excelente calidad del aire.
Los caudales aproximados de circulación de aire deben ser de aproximadamente 0,3 renovaciones/hora.
Implica que para que el edificio sea realmente de bajo consumo energético tiene que ser estanco al aire.
Es decir, se deben evitar las infiltraciones no deseadas, lo que, en la práctica, resulta bastante complicado.
Ya que un edificio tiene multitud de juntas entre elementos constructivos, uniones y agujeros de conductos, instalaciones, etc.
Para que esto ocurra, es necesario cuidar al máximo la envolvente térmica del edificio, tanto para no perder calor del interior en los climas fríos como para protegerse del excesivo calor exterior en los climas cálidos.
Será el estudio del equilibrio energético del edificio el que servirá para calcular el espesor del aislamiento necesario.
Como veremos a continuación, a través del sistema de ventilación solo podemos aportar una pequeña carga de calor o frío.
Por lo que la demanda de energía tiene que estar limitada.
Una casa pasiva es además una casa bioclimática.
Ya que el punto de partida para conseguir la baja demanda de energía final es tener en cuenta desde el principio del proyecto la situación y el clima, la cantidad de radiación solar, la orientación, la capacidad de ventilación natural, el factor de forma o compacidad del edificio, la protección solar, etc.
La casa pasiva, además de estos factores bioclimáticos, dispondrá de un conjunto de medidas pasivas (aislamiento, hermeticidad, etc.), de donde proviene el nombre genérico de casa pasiva.