Para que el juego sea una herramienta de inclusión social, el primer paso es empezar a trabajar con el equipo educativo y las familias sobre cómo podemos generar espacios inclusivos.
Una vez hemos tenido en cuenta que el espacio arquitectónico cumple la función, entonces los agentes educadores también deben prepararse para saber gestionar y aprovechar las ventajas de un espacio inclusivo.
En el mundo de la infancia jugamos con una gran ventaja, ya que los niños y las niñas se encuentran libres de todos aquellos prejuicios con los que nos vamos cargando las personas adultas con el paso de los años.
Por lo tanto, serán nuestros referentes para crear estos espacios inclusivos a partir de la observación atenta de cómo interaccionan, se apoyan y acompañan ante las dificultades que puedan surgir.
Y es aquí donde tenemos una gran oportunidad.
No solo en las escuelas, ya que tanto la educación no formal como la educación en el tiempo libre nos permitirá crear espacios libres para trabajar la inclusión a partir de las diversas herramientas educativas: actividad, lo cotidiano, el entorno y el grupo de iguales y los referentes educativos.
Trabajar la inclusión a través del juego significa adaptar esta herramienta a todo el grupo de niños y niñas, sean cuales sean sus características.
Tener un juego entre nuestras manos significa tener una herramienta para construir.
No solo lo pasaremos bien, sino que además lo podemos transformar en una técnica dinámica de grupo para trabajar un objetivo concreto.
Un juego para entretener sí, pero también para educar en valores.
Aprovechar los momentos de juego para trabajar la diversidad funcional, cultural y de género es una buena opción, porque mientras nos lo pasamos bien pensamos en construir un mundo mejor para nosotros y las personas que nos rodean.